Uyuni: Cementerio de sueños

Autor: Lupe Andrade Salmón/ Página Siete

Lo llaman «Cementerio de Locomotoras” y al ver las osamentas quebradas que yacen como dinosaurios férreos sobre la arena, uno puede creer que es también un cementerio de sueños perdidos.  Inspira sentimientos encontrados: melancolía, ira ante las depredaciones de turistas y grafiteros, angustia por la falta de reconocimiento o cuidado, y emoción ante la belleza de esos gigantescos esqueletos de hierro que desafían al tiempo.  

 Estuve hace poco en Uyuni, lugar que conocí hace años, cuando era un hervidero de actividad ferroviaria y comercio minero.  Su crecimiento ha sido asombroso y hoy tiene tantos hoteles «chic” (incluyendo dos de sal) como La Paz, y restaurantes tan refinados que no aceptan a quien se acerca sin recomendación o reserva. Uyuni hierve de turistas de toda nacionalidad en peregrinaje hacia la magia cristalina de nuestro gran Salar. 

 En el «Cementerio de Locomotoras” no hay protección para los imponentes restos varados en la arena.  No hay vallas ni rejas, ni avisos de «Área protegida”.  Nada impide el acceso a las vetustas máquinas, y nadie cobra ni diez pesos por visitarlas y admirarlas (y de paso depredarlas).  Nadie se opone a que los turistas -chinos, franceses, americanos, rusos- destrocen esos enormes espinazos, rojos como sangre vieja.  Nadie impide que se los golpee, pintarrajee o ultraje.  Yacen allí, enmudecidos con sirenas silenciadas, ruedas hundidas en la tierra y calderos fríos como el tiempo.  

 Allí no se encuentra historia, ni explicación de función o fuerza; nada se dice sobre su pasado ni sobre las razones de su venida a lo que hoy parece ser apenas un simple punto de entrada al desierto de sal.  Los guías son más imaginativos que cuidadosos con los hechos.  Nadie menciona el dinámico motivo que las trajo y cómo estas máquinas conquistaron montañosas cumbres, y desolados desiertos en su camino al mar.

Todos hablan de este lugar como si fuese un cementerio enloquecido donde las locomotoras más poderosas de su época se herrumbran hoy sin misericordia, y casi creen que ellas fueron fruto de trabajo e ingenio ajeno: después de todo solamente ven marcas inglesas y alemanas (nada boliviano), y creen que la grandeza que las trajo está enterrada en la tierra sucia.  

 Hay grafitis en abundancia, firmas, diseños y el deseo implacable de dejar una marca personal.

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