Las bestias nocturnas de Uyuni

Autor: Ing. Víctor Chungara Castro – Libro: Tradiciones y Leyendas de Uyuni

Luego de trabajar bastantes años en una empresa minera, un buscador de minerales, había decidido radicar en Uyuni, la renta que percibía por su jubilación era suficiente para que este personaje tenga un buen pasar.

La naturaleza de su trabajo, al andar por el campo durante meses enteros en su eterna búsqueda de algún preciado mineral, evitaba que pueda formar una familia, de esa manera viéndose bastante maduro había llegado a la conclusión de que le era mejor quedar totalmente solo, ya que su huraño carácter no le permitía convivir con otras personas.

Para compensar se agenció de un buen número de perros que eran toda su compañía.

Es así que este solitario vivía en una casa de la Calle Litoral (Actualmente Av. Ferroviaria), un par de cuadras más allá de la Iglesia, casa que por mucho tiempo permaneció abandonada.

El jubilado era poco conocido por la población, ya que sus salidas a la calle se limitaba a recoger su pensión y a comprar víveres para su comida, en especial carne de toda clase para sus perros. El que si se hizo conocer era uno de sus perros, cruza de lobo de imponente aspecto de un color plomo intenso.

Era tan huraño este personaje que por evitar hablar con las gentes tomó la extraña costumbre de salir a pasear con sus perros por las medianoches. Lúgubre costumbre en una población que no contaba aún con alumbrado público, en la mayoría de sus calles.

Para proteger su casa bastaban los perros aleccionados por la costumbre de comer carne cruda con hueso, llegando a insinuarse que el jubilado les daba pedazos de cuerpos humanos que conseguía del Cementerio, para acostumbrarlos a atacar a cualquier persona que ingresaba a su casa.

Y así transcurría la vida del jubilado sin que se le conozca parientes, menos amistades, tan es así que si este desaparecía de Uyuni, nadie lo extrañaría.

Precisamente de este tipo de personas hay muchas, no se las cuenta, si faltan es como si no faltaran. Parecen muertos en vida no participan de nada, solo piden se respete su soledad.

Tras un cierto tiempo empezaron a ocurrir alarmante sucesos. Una mañana se encontró el cuerpo horriblemente destrozado de un borrachito que se había quedado dormido en la calle. Lo terrible era que parecía que un demonio se entretuvo devorando sus carnes.

Tras una semana se repitió el suceso, una señora que volvía de un viaje descendió en la estación de ferrocarril casi al amanecer, extrañada porque su hija no haya ido a esperarla, tal vez por el intenso frío pensaba ella, se fue rumbo a su casa. Sin embargo tremenda fue su impresión al reconocer como el de su hija, el cuerpo destrozado de una niña en la calle. Que seguramente fue a recoger a su madre y fue encontrada por alguna bestia o demonio como entonces se supuso.

Fue tal el dolor de todo el pueblo al ver lamentablemente estado de la niña, que todo Uyuni asistió a su posterior entierro, conjeturó sobre lo que había pasado.

Más aún fue tal el terror que se abatió sobre el pueblo, que nadie se atrevía a salir por la noche, tal era que llegó a sentirse, que según se cuenta, las cantinas que se llenaban de parroquianos nocturnos quedaron vacías, para regocijo de las esposas.

Se acudió a la policía y al Ejercitó  que formaban patrullas y con antorchas salían solo en horarios de llegada del tren, para protección de la espantada gente que solo atinaba a viajar en caso de extrema urgencia.

Pero prosiguieron los ataques, un joven que aparentemente volvía de visitar a su novia procurando no ser visto en la noche, fue violentamente atacado, sin embargo alcanzó a gritar pidiendo socorro, siendo escuchado por algunos vecinos que en la oscura noche no se atrevían a salir. Esta vez en el amanecer ya se sabía lo que encontrarían, aún habían respetado parcialmente su cabeza, como para que pudiera ser reconocido.

El pánico ya era incontrolable, la gente solo pensaba en huir del pueblo, pero como los trenes solo pasaban en las noches, esa huida resultaría más peligrosa. El párroco de la iglesia conjeturaba que tal vez era algún demonio que castigaba la mala conducta del pueblo. Otros creían en alguna bestia extraña que vendría del Salar. Los militares decían que era una artimaña de los chilenos, para lograr que la gente abandone la región, así su invasión hacia las riquezas del salar no encontraría oposición.

Pero sea cualquiera la naturaleza del mal, se pensó que solamente producía sobre una persona sola. Es así que nadie se atrevía a andar ni dormir solo, permitiendo ello una avalancha de uniones legales e ilegales. De todas maneras no faltaba un incauto que era nuevamente atacado, bajo las mismas circunstancias.

Pero la vida debería seguir, es así que una familia que debía celebrar el bautizo de su primogénito, decidió organizar una reunión social, asegurando a sus invitados que prepararían camas para que todos se queden hasta el día siguiente. Pero una es la intención y otra la ejecución, es así que uno de los invitados ya despuntando al amanecer, molesto porque se había acabado el trago, decidió retirarse pese a las advertencias de los anfitriones que ante su negativa de retorno, cerraron la puerta. Apenas transcurridos unos minutos, se escucharon desesperados gritos de auxilio, envalentonados,, tal vez por las bebidas, salieron todos los varones de la reunión, decididos a ayudar a su amigo, con el íntimo temor de no saber a que se enfrentarían.

Menos mal que la noche ya no era tan oscura, así es que alcanzaron a ver una horripilante escena. Una manada de fieras estaba atacando al amigo, lo mordían sacándoles partes de su cuerpo, se vio que una de las fieras se llevaba un pedazo de mano, el grupo de defensa tomando piedras y palos acometió con gran valor, aunque internamente muertos de miedo, con alivio observaron que las bestias huían, aunque ya era tarde para el amigo atacado.

Más luego se produjo gran conmoción en el pueblo, cuando los defensores narraron su hazaña, aderezándola a gusto, alguno decía que se enfrentaron con una manada de leones, otro decía que eran machos cabríos o criaturas del demonio. Nadie se ponía de acuerdo en el número de bestias.

La Policía tras reunir informes y reflexiones llegó a la conclusión que debían ser lobos o perros salvajes que tal vez venían en manada de campo, para atacar y alimentarse con los pobladores de Uyuni.

Pero una de las señoras que salió tras los varones del grupo de defensa alcanzó a ver que una de las bestias más grandes era de un llamativo color plomo, y considerando la dirección que tomaron en su huida, llegó a la conclusión que tal vez era uno de los perros del jubilado solitario.

Nada más decir esto, todo el pueblo llegó a la misma conclusión, se armaron con lo que encontraban a mano, pero tuvieron el buen juicio de esperar una cuadra de soldados del Regimiento, para encaminarse en gran multitud hacia la casa del jubilado.

Muchos recordaban que la casa de ese solitario rara vez se aseguraba, ya que la presencia de los perros era suficiente para alejar a cualquier intruso, llegados a la casa incitaron a los soldados a llamar a la puerta, siendo la única contestación un amenazador coro de ladridos de los perros, tras un prudencial tiempo los soldados abrieron la puerta que no tenía seguros, siendo al momento atacados por los perros, pero sus compañeros estaban prestos a disparar, logrando abatir a tres de las bestias, una de ellas logró huir herida, en medio de la confusión de tiros, gritos y ladridos.

Un espantoso hedor inundaba la casa, más con temor que con convicción ingresaron a una de las habitaciones, donde encontraron el cuerpo ya descompuesto y semidevorado del jubilado solitario. A juzgar por su estado había muerto bastante tiempo.

Las conjeturas eran de que al morir solo y sin asistencia alguna el desventurado amo, los perros esperaron inútilmente que se levantara y les ofrezca la carne a la que les había acostumbrado. Al transcurrir los días los animales se desesperaba de hambre y alguno, seguramente el perro-lobo plomo, empezó a devorar a su amo, gracias a lo cual sobrevivieron.

Ante inevitable de requerir más alimentos, empezaron a salir a medianoche, tal cual se les había enseñado, a buscar comida atacando lo que encontraban, en particular les gustaba la carne cruda de cualquier animal, incluida carne humana.

Sin embargo el terror persistió un buen tiempo más, porque se temía al perro-lobo que había escapado y que en cualquier momento repetiría sus ataques. Habiéndose conocido que hubo otros esporádicos ataques, ya no tan terribles, que se los achacó a esta bestia.

Era frecuente entonces que algún marido que salía en la noche, decía que se quedaban en otra casa, pero solo por el temor de ser atacado.

Una de las conocidas cantinas, deseosa de recuperar su clientela, mostró luego al cadáver de un gran perro de color plomo, indicando que era la bestia de los ataques. Retornando al fin la calma nocturna al pueblo para alivio de sus habitantes y desazón de las señoras. Aún se siguió achacando a esta bestia variedad de conflictos posteriores.

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