Las mujeres uyunenses en la Guerra del Chaco

Autor: Felipe Ramirez

 

La actitud heroica y patriotismo de la mujer boliviana tiene escritas varias páginas de nuestra historia, desde las heroínas de la coronilla o la niña Genoveva Rios en la guerra del pacífico hasta la patriótica y sacrificada actitud de la mujeres de Uyuni durante la Guerra del Chaco que valió a esa ínclita ciudad el título de Hija Predilecta de Bolivia y Ciudad Benemérita, este ejemplar comportamiento, quizá no es enseñado en las clases de historia si no más bien permanece en los corazones de los pocos excombatientes de esta Guerra que todavía viven, quienes al solo nombre de Uyuni se quitan el sombrero como señal de agradecimiento por todo el cariño y apoyo moral recibido durante todo el conflicto bélico que enfrentó a dos pueblos hermanos Bolivia y Paraguay.


De los varios relatos que me transmitieron mis padres quiero narrarles lo que he denominado un día en la vida de una mujer uyunense durante la Guerra del Chaco. Esta es la historia:


Son las siete de la mañana mi hermana Guadalupe toca presurosa la puerta de mi habitación debido a que debe comunicarme que la señora Dominga Claros nos convocaba a reunirnos de inmediato en su casa, ya que se anotició que un nuevo tren con nuestros soldados pasaría esa noche por Uyuni y había que preparar el recibimiento tal como lo estamos haciendo desde que comenzó el conflicto, nosotras en la agrupación Pro titanes del Chaco así como otras señoritas y señoras en la Liga patriótica de señoras.


Con mis veinte años cumplidos y toda la efervescencia que en la juventud produce este conflicto no dudo en levantarme, sin importarme la gélida madrugada que congeló todos los grifos de agua y alistarme para partir a la reunión.


Ya en casa de doña Dominga me encuentro con todas las señoras y señoritas que como en una fábrica comienzan a desempeñar sus labores, unas saliendo a las calles a recolectar dinero y vituallas de todas las familias uyunenses, otras cosiendo pequeñas talegas de la tela de los sacos de harina y azúcar que llegaban a la pulpería del ferrocarril y nosotras distribuyendo en las talegas porciones iguales de “phasankalla” (maíz reventado al fuego con azúcar) , coca y un paquete de cigarrillos de tabaco boliviano sin refinar los “maithukus”, en todos ellos ponemos con mucho cariño una pequeña hoja impresa con palabras de aliento y apoyo moral, frases como viva Bolivia, valor en el combate, la Patria les agradecerá siempre, por Bolivia y por sus familias defendamos el petróleo, son las más comunes que se colocan en cada uno de los morrales, pero antes de cerrarlas nos dividimos nuevamente en grupos, las mujeres que podíamos leer y escribir (en esa época no muchas) agregábamos notas con mensajes cariñosos y poníamos firmábamos con nuestro nombre autoproclamándonos madrinas de guerra de los que recibían el paquete, para amenizar el trabajo y levantar también nuestro espíritu patriótico cantamos cuecas con letras que hemos cambiado y las hemos vuelto alegóricas al conflicto como “Destacamento 111” :


Mañana me voy, al chaco Boreal
Aunque los pilas me estén matando
Adiós negrita no has de llorar por mi


O la que recuerda la valentía de nuestro piloto el Mayor Jorge Jordán y la cobardía del mercenario Vicente Almandos Almonacid piloto argentino contratado por el Paraguay.


Almonacid piloto bandido cobarde altanero
Habías querido matar a los bolivianos
El mayor Jordan duelo te ha ofrecido
Y tu gaucho desgraciado no le has aceptado.


Entre cantos y comentarios de la guerra, por fin terminamos las casi quinientas raciones que calculamos serán las que entregaremos esa noche.
Ya es más de medio día y volvemos con mi hermana a nuestra casa para el almuerzo, pero ni bien nos sentamos a la mesa escuchamos la campana del mercado que toca arrebato anunciando que llegaba un tren con soldados heridos, terminamos de comer apresuradamente y nos dirigimos a la estación para ayudar en el traslado de los combatientes a los diferentes sitios donde se armaron improvisados hospitales llevando frazadas y telas limpias para utilizarlas como vendas.


Junto a los heridos llegan también noticias y correspondencia con varias cartas para todas las “madrinas de guerra”, leo las que me correspondían y por ellas me entero de la valentía de mis ahijados al soportar una fiera lucha contra el enemigo y la naturaleza hostil, inmediatamente respondo dándoles nuevamente aliento y les pido que sigan combatiendo por Bolivia.


Ya cansada por este ajetreado día voy a descansar para esperar el tren que nos dijeron llegaría a la media noche, pero se me acerca un enfermero y me pide le acompañe al hospital porque hay una persona que preguntaba por mí, curiosa por saber quién era redoblo mi paso y por fin llego a una escuela que tenía varias payasas (colchones de paja) en la que reposaban los heridos, el enfermero señala a uno de ellos, al que yo no conocía, pero él al verme inmediatamente me abraza y se pone a llorar indicándome que era uno de mis ahijados que pasó por Uyuni con un contingente reclutado en Cochabamba y que creía que nunca me conocería ya que fué alcanzado por un proyectil en la pierna y veía como se acercaban los paraguayos, pero que un rápido contra ataque de nuestro ejército los puso en fuga. Limpiándome también las lágrimas y llena de emoción le consuelo y comentamos los acontecimientos de la guerra, él me indica que mis cartas eran su único aliciente y que su más grande deseo era conocerme para agradecerme esta labor, yo lloro nuevamente y le prometo volver a verle mientras esté en ese hospital .


Ya cae la sombra de la noche y abrigada para soportar el frio me encuentro en la estación esperando con ansias el tren con el nuevo contingente, las ollas con café caliente emiten vapor en abundancia y las señoras de todas las instituciones corretean organizándose unas con bolsas de pan, otras con los jarros listos para servir el café y nosotras con nuestros paquetes de vituallas.


El murmullo característico de las mujeres uyunenses que esperábamos al contingente de soldados es roto por el tren que hendiendo a los aires su agudo pitazo anuncia su llegada, pasan los coches y las bodegas llenas de jóvenes soldados con caras de incertidumbre, cansancio y temor, al detenerse la locomotora, comienza nuestra tarea y organizadamente brindamos a todos los soldados el café el pan y el pequeño paquete, ellos al ver este recibimiento cambian su cara y gritan fortalecidos que no pararán hasta llegar a Asunción, luego de un lapso de tiempo que es amenizado por una banda de música con aires nacionales y cuando se acabó de repartir y consumir el café, el tren parte nuevamente y entre vítores de nosotras que son respondidas por los soldados, se aleja cansinamente de nuestra ciudad.


Por hoy se terminó el trabajo pero el encuentro con mi ahijado y la cara de agradecimiento de los soldados en el tren hinchan más mi patriotismo, peor el no saber cuántos de estos valerosos bolivianos volverán, me entristece.


Entre contenta y triste llego a mi casa donde mi madre feliz me indica que tuvo noticias de mis tres hermanos que también combaten en esta guerra, los que escribieron diciendo que están bien y que ellos también se enteraron que el amor de mi vida Alejandro también estaba ileso. Esto cambia todo mi estado de ánimo y con felicidad expreso a mi familia que todo lo que hago es POR BOLIVIA.


Relato de madre Isidora Ríos de Ramírez (+)
Por la copia Felipe Ramírez Ríos

Stuart Weitzman Editor in chief

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